domingo, 24 de enero de 2010

El caballero de la capa escarlata (Sucedió en la Casa del Factor en la calle de Jesús María)


El templo de la Merced, como su nombre lo dice también tuvo su convento, en honor a Nuestra Señora de la Merced, que fue construido a finales del siglo XVI. Este barrio fue uno de los primeros en contar con agua en 1591, hasta fue hecha una pila a un costado del Templo de la Merced. Como el agua es igual a vida, muchos habitantes de la Nueva España buscaron la manera de edificar su morada por esos rumbos, uno de ellos fue don Diego de Gómez y Quintana, quién fuera Factor de la corte del virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, que llegó al poder en 1595, gracias a este caballero don Diego consiguió una casa en las calles de Jesús María.
Cuentan las crónicas que este hombre era un hombre sin escrúpulos y cruel, eso no era de sorprenderse en aquella época porque la mayoría era así.
El caballero en cuestión era factor virreinal y su cargo consistía en recaudar las rentas para luego rendir los tributos de la corona; esto propiciaba el desbordamiento de sus más bajas cruentas pasiones, se decía que estas las llevaba hasta sus últimas consecuencias. No tenía compasión con el pobre infeliz que servía de diversión a los amigos de don Diego tratándolo punto menos que un animal, hasta que lo llevaban a la muerte; pero no nada más las víctimas eran para torturarlas, otras veces eran doncellas raptadas de sus casas las que servían de entretenimiento a los comensales.
Como resultado de todas aquellas atrocidades, aquel hombre se había hecho temer entre todos los que le conocían, entre ellos una familia que tenía que dar en matrimonio a su hija con aquel canalla, si se oponía tomaría cruel venganza. Aquella doncella tuvo que plegarse la mandato de sus padres y aceptar el compromiso con don Diego de Quintana; a la pobre muchacha solo le quedaba suspirar resignada, mentalmente decía adiós a sus ilusiones, a sus esperanzas de felicidad y al amor de cierto mancebo. Aquél galán acostumbraba rondar la casa de doña Elena del Río y Cuevas, prometida del factor; ella ya no acostumbraba a salir al balcón a ver su amado, debido a su compromiso matrimonial, y entonces la dama decidió aclarar aquella situación con su galán, don Rubén.
Después de haber escuchado la trágica historia de la doncella, el mancebo decidió tomar cartas en el asunto, no podía permitir que por nada del mundo aquel bergante cruel y desvergonzado le quitara a su amada. Los días pasaron una noche se presentó la oportunidad: el factor regresó más tarde que de costumbre después de haber libado con exceso en la taberna, el alcohol que corría por sus venas le nublaba la razón y la vista, con dificultades reconoció el zaguán de su casa cuando llegó; ocupado en buscar la llave del portón no advirtió que una sombra de un embozado surgía a sus espaldas, y antes de que el pudiera evitarlo, lo había atravesado de lado a lado con su espada. Embozado en su capa, don Rubén de Vicencio y Rendón se alejó por la obscura calle de Jesús María, mientras el cuerpo sin vida del factor quedaba tendido en medio de un charco de sangre frente a su casa.
Gran conmoción causó la muerte de don Diego en la corte, el virrey dispuso solemnes funerales para el; también por disposición gubernamental se sepultó al factor ataviado con la capa tinta en sangre con que lo habían encontrado muerto en la calle. A su paso los caballeros se descubrían y las damas se santiguaban, pero nadie sentía el menor pesar por su muerte y hubo quién como la familia de doña Elena del Río y Cuevas, no solo no sintió pesar, sino que hasta se alegró.
Eran tantos los enemigos del factor que resultó imposible saber cuál de todos le había dado muerte y el asunto se fue olvidando poco a poco; la soberbia mansión que habitó el funcionario en vida quedó abandonada, pero pasado algún tiempo, la gente que vivía en sus cercanías empezó a advertir cosas extrañas en aquella siniestra casa. Se decía que a determinadas horas del a noche se oían risotadas y gemidos en su interior, como cuando el factor atormentaba esclavos ante sus invitados; y también se decía que pasada la media noche salía un extraño caballero embozado en una capa escarlata, y que a todo el que tuviera la desventura de pasar por ahí lo abordaba amenazante. Cuentan que aquel transeúnte le pidió su bolsa de monedas de oro y que al oír la escalofriante carcajada del espectro se desplomó sin vida en la calle. Los cadáveres encontrados en aquel rumbo fueron muchos.
Los acontecimientos de la casa del factor empezaron a llenar de miedo a la gente del vecindario, nadie se atrevía a pasar por ahí por temor de toparse con el siniestro caballero escarlata; a esto se aunaba la continua y extraña presencia de intrusos dentro de la misma casa, delatada por el escándalo noche tras noche. Tan asustada se encontraba la gente que hasta recurrieron a las autoridades para denunciar lo que ahí acontecía.
Las autoridades dispusieron un cateo en la casona abandonada ese mismo día; al derribar la puerta lo único que encontraron fue polvo y un desolado abandono, pero había algo inusual que el alguacil encontró en un perchero: la capa ensangrentada.
Los inquisidores la sometieron a un riguroso examen y esa noche la dejaron guardada en un armario de la bodega de la inquisición, pero horas más tarde en aquella casona se pudieron escuchar espantosos alaridos de pavor, mezclados con escalofriantes carcajadas.
A la mañana siguiente se hizo un desconcertante descubrimiento en el edificio de la Inquisición: la capa había desaparecido. Acto seguido se hicieron los trámites necesarios para exhumar el cadáver del factor, súbitamente en ese momento el cielo se nubló y después de un rayo atronador, se dejó caer un aguacero torrencial que azotaba sin piedad las tumbas, a pesar de ser media mañana las tinieblas dominaban el cementerio. Los inquisidores no tuvieron otra opción que regresar a su convento, todos ensopados, cada vez más intrigados con los acontecimientos.
Pasando a cosas más agradables, doña Elena y don Rubén eran muy dichosos, ya que dentro de poco tiempo contraerían matrimonio, pero la conciencia del galán a cada momento le reprochaba el crimen que había cometido, y no podía ocultarlo frente a su amada cuando mencionaba su alegría de no haberse desposado con aquel mal hombre. Don Rubén se separó de su amada después de l toque de ánimas de aquella noche y enfiló los pasos hacia su casa, buen cuidado tenía de rodear la casa del factor, pero en esa ocasión iba demasiado distraído y cuando se dio cuenta ya estaba a escasos pasos de ella. Lleno de pavura quiso huir y volvió sobre sus pasos, pero aquella infernal aparición le cerró el paso, el mancebo quiso huir, pero el espectro del factor se lo impidió y lo arrastró al interior de la siniestra mansión.
No faltó sin embargo quien presenciara la espantosa escena y corriera a dar aviso a la prometida del caballero, la joven lo miró horrorizada y desprendiéndose de los brazos de su padre, salió corriendo como una loca a salvar a su amado; pero ella, fuera de si cómo estaba, no escuchó los gritos de su padre y corrió con desesperación hasta la casa del factor. Se llevó la mano al pecho y asió la cruz que de su cuello pendía, invocando la ayuda del altísimo para ayudarle a enfrentar lo que le esperaba en aquella siniestra mansión; rezando todo el tiempo, se detuvo en el umbral del que fuera el salón de fiestas de la casa del factor, y lo que vio ahí la paralizó de horror. Entonces, venciendo aquel miedo que le helaba la sangre, la muchacha enarboló en alto el crucifijo ante aquellos malignos espectros que tenían secuestrado a don Rubén.
Un atronador alarido que parecía venir desde los mismísimos infiernos se escuchó. Aquellos seres infernales, ante la sola vista de aquella figura divina, cayeron al suelo retorciéndose como si sintieran unas quemaduras espantosas, y al último se deshacían dejando en el suelo una fétida masa blanca; acto seguido el factor embozado en su capa trató de huir, pero fue alcanzado por la dama y de un tirón lo despojó de su prenda; mudo de estupor alcanzó a ver el rostro de aquel mal hombre, entonces en un abrir y cerrar de ojos el espectro se esfumó, dejando en el ambiente un horrible hedor a azufre.
Doña Elena cayó de rodillas ante el cuerpo de don Rubén, quien yacía sin sentido, de repente el parpadeó ligeramente, al encontrarse ante su amada la miró angustiado, pidiéndole lo llevara ante un confesor para descargar su conciencia, y poder vivir en paz.
Doña Elena lo complació y poco después lo dejaba en el convento de la Merced, donde el caballero confesó su crimen. Mientras tanto, a pesar de lo avanzado de la noche, la dama llevó a Santo Domingo la capa que le quitara al espectro del factor.
Al día siguiente fue exhumado el ataúd de don Diego Gómez y Quintana, pero al abrirlo se encontraron con que estaba vacío, y esa misma tarde la capa fue quemada, pero cuenta la leyenda que al ser echada al fuego se escuchó un espantoso alarido, y que mientras se consumía una negra columna de fuego se elevó por los aires, dejando ver una siniestra y conocida sombra que a todos llenó de pavor, pues era nada menos que Satanás.
En varios documentos de la época aparee esta espeluznante historia y gracias a eso ha podido ser reconstruida. Sin embargo, no se habla de lo ocurrido después a don Rubén de Vicencio , ni de si fue perdonado por su crimen, quizás después de saber que el caballero escarlata era el malvado factor, su culpa se atenuó y no recibió castigo.
Como quiera que sea, no hay duda de que cuando se transita por las noches cerca de la que fue la casa del factor en la calle de Jesús María se advierte algo extraño en el ambiente. ¿Se aparecerá todavía el siniestro factor de la capa escarlata?