lunes, 16 de mayo de 2011

La calle de la Cruz Verde

Durante la época de la colonia se acostumbraba que al construir una casa, se colocara en su fachada la imagen de una cruz o de un santo al que la familia le tuviera devoción, este ornamento religioso era elaborado en cantera o mármol, siempre y cuando los habitantes contaran con los recursos económicos para costearlo.
Por lo general la imagen era colocada en la parte central de la fachada, y algunas veces se le ponía un pie de gallo elaborado en hierro, desempeñando la función de poder colgar un farol para que durante la noche el nicho donde permanecía la imagen pudiera ser contemplado por los habitantes de la capital. Si la familia era de alcurnia, en vez de tener imágenes religiosas llegaban aponer su escudo de armas. Sin embargo, la mayoría los habitantes de la capital de Nueva España prefirieron tener en la fachada de sus hogares una cruz, pero no podían poner la efigie nada más porque se les antojaba hacerlo, pues por si no lo sabías, las autoridades eclesiásticas regulaban todos estos menesteres; y esto lo prueba una Junta Eclesiástica  que se llevó a cabo en 1539, en la que se llegó al acuerdo de mandar tirar muchas cruces existentes, en especial las que se encontraban en casas de indios, eso sí, los españoles tenían autorizado colocar estas imágenes con absoluta libertad.
Con el paso del tiempo la Santa Inquisición se percató de que las casas que tenían una cruz en su fachada ya eran numerosas, para lo que se volvió a llevar a cabo otra Junta Eclesiástica a finales del siglo XVII, comisionando a un funcionario para que fuera a recorrer las calles  de la ciudad y revisara si los habitantes de las casonas contaban con la debida autorización.
La gente hizo caso omiso de estas leyes y continuó colocando cruces a placer, incluso se llegaron a contar dos en varias casonas, como una en la calle de la Aduana Vieja y San Jerónimo; además también cuentan las crónicas que la cruz colocada en frente de la casa marcada con el número 5 de la calle de Jesús María, era de color blanco tranzada sobre tezontle negro y tenía grabadas las imágenes de la Pasión de Cristo.
La Calle de la Cruz Verde se encontraba ubicada de poniente a oriente, después de la calle del Corazón de Jesús, pero conocida por el vulgo como  de San Camilo y que antes se llamase de Pachito; se encontraba una casa situada en la calle de Migueles y Cruz Verde, donde se colocara una cruz de ese color, pero no fue de bulto ni en nicho alguno.  De dimensiones grandes, fue tallada en el muro del cuerpo del edificio, de tal forma que su pie formó la esquina y los brazos se doblaban, quedando uno para la calle de la Cruz Verde y el otro para la calle de Migueles.
Según las crónicas, a la calle de que nos ocupa se le llamó así por la imagen de la cruz, pero la leyenda nos cuenta otra cosa diferente. ¿Quieres saber qué es? Sigue leyendo.
El 17 de septiembre de 1556 arribó a tierras mexicanas  Don Gastón de Peralta, que fuese nombrado por el rey Felipe II, virrey  de la Nueva España. Durante aquella época la llegada de un virrey era todo un acontecimiento  de gran solemnidad, con las calles abarrotadas de gente para no perderse la llegada de dicha autoridad.
El cortejo que acompañaba al joven virrey  era muy solemne, pues estuvo acompañado por las personas más importantes de la Nueva España, quienes iban montados en hermosos corceles rodeando a su excelencia, que hacía su triunfal entrada por la ciudad.
Entre estas celebridades había un joven de 27 años de cabello rubio, barba espesa y unos ojos verdes que emanaban amor y alegría por la vida; este caballero traía por vestimenta una trusa blanca bordada en oro, su espalda la cubría un capote de color azul con orlas blancas, y para completar llevaba ceñida a la cintura un hermosa espada con empuñadura de plata. El joven montaba un precioso caballo árabe con una montura bordada en plata; así lo veían los asistentes al evento, como un mancebo guapo, arrogante y por las damas solteras.
El joven caballero llevaba por nombre Don Álvaro Villafuerte y Mancera, quien iba acompañado de su paje, su recorrido podía haber sido más largo, sino se hubiera detenido en la esquina de una calle a ver a una hermosa dama asomada en su balcón, quien ante los ojos de él apareció con una mirada seductora, sintiendo el corazón dándole vuelcos de emoción. Tan impresionado quedo con esta mujer, que se dio a la tarea de averiguar quién era la que le había robado el aliento; tiempo después se enteró de que llevaba por nombre Doña María Alcántara y Sánchez, y era hija de un funcionario de la Real Hacienda pero sin llegar a un jerarquía muy alta.
EL joven comenzó a rondar la casa de su amada, sin embargo los padres de ella la tenían a buen reguardo, sabiendo  que a su edad se suelen cometer errores irreparables, y por tal motivo a los enamorados se les dificultaba poderse comunicar, no cabe duda que ambos habían encontrado a su alma gemela.
Don Álvaro se sentía frustrado de no poder encontrar alguna oportunidad de conocer a su amada; pero tiempo después para su buena suerte, la madre de Doña María cayó gravemente enferma, por lo que la vigilancia no era tan estricta y por fin pudo llegar a manos de la doncella una carta de amor de Don Álvaro, quien le escribía con una profunda pasión y su deseo de contraer nupcias con ella tal y como lo dicta la Santa Madre Iglesia.
El caballero le suplicó a la dama que si su sentimiento hacia él era correspondido y que si aceptaba ser su esposa; además también le indicó en la carta que si no podía enviarle la respuesta por la vigilancia tan estricta, le hiciera saber que no aceptaba esa propuesta colgando una cruz blanca, pero por el contrario, si la muchacha aceptaba debía de colgar una cruz verde, y la otra opción era responder las cartas del pretendiente.
Los días pasaron y el angustiado caballero no obtenía respuesta alguna, quien todos los días pasaba por la calle de la casa de la dama acompañado de un paje, esperando aquella tan ansiada respuesta; hasta que un buen día temprano por la mañana observó la tan anhelada señal y para su regocijo era de color verde, que era el símbolo de la esperanza.
Ante tal respuesta, Don Álvaro ayudado de un sacerdote intervino con los reacios padres de la muchacha para que aceptaran el compromiso; finalmente cedieron y tiempo después se llevó a cabo la ceremonia nupcial, a la cual asistió la más alta sociedad de la Nueva España, invitada por Don Álvaro, quien según nos cuenta la leyenda, en su pecho no cabía la felicidad.
Aquella señal que fue el motivo de felicidad del joven caballero, hizo que mandara colocar una cruz de piedra color verde en aquella casa, misma que todavía se conserva hasta nuestros días un poco deteriorada por el implacable paso del tiempo. Si deseas ver la cruz que dio origen a esta leyenda, solo tienes que ir a las calles de Correo Mayor y Regina.